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Mostrando entradas de agosto, 2015

La bicicleta de mi padre

Aún no amanece, son apenas las cuatro de la mañana y la avenida está abandonada, no hay una sola alma que la transite. A lo lejos, por breves momentos, se asoman los faros de vehículos que se siguen de largo. Mientras conduzco, tengo la manía de nunca apagar la radio, me aterra la sensación de estar en un lugar sin el calor de una voz humana. La misma canción se ha reproducido por lo menos en diez ocasiones, eso quiere decir que: si una canción dura cuatro minutos, he estado en el volante, por lo menos, cuarenta. Ya casi llego a mi hogar. Salgo de la avenido por la izquierda para incorporarme a una calle, me acerco sin reparar en los espejos laterales. Giro a la derecha, y justo en ese momento, un impacto sacude mi coche. Fierros golpeándose entre si, produciendo sonido hueco. El volante vibra apenas perceptiblemente, mis sentidos se agudizan en automático.
No entiendo que pasa, una coladera sin protección o un bache, de todas maneras me bajo a cerciorarme que todo está bien. Al apea…